Ago
6
2011

La Tierra es Madre, el Alma es Hija, el Espíritu es Amado

No deberíamos olvidar a la Tierra-Madre que nos nutre. Pudiera parecer que reverenciándola en su divinidad nos hace ser más físicos. Porque lo espiritual se ha asociado siempre con los Cielos, con mirar allá arriba. En realidad, hablar a nuestra Madre con frecuencia es una experiencia maravillosa que abre canales en nuestro ser nunca antes sospechados.

La Tierra es algo más que un planeta. Es un sistema de energías, que desde su centro irradia hacia fuera planos de existencia para que sus criaturas caminen por el sendero de la evolución. Sin el sistema de vida terrestre, no seríamos capaces de perfeccionarnos, o al menos no de esta manera. Su armonía es un reflejo de la armonía divina que se filtra en todos los rincones del Otro Lado, donde mora el Espíritu. Esa es su razón de ser. Es el espejo donde mirarnos. Contemplando la hermosura de la Naturaleza vemos la imagen reflejada de la fuente de toda libertad.

El sistema de energías de la Tierra incluye no sólo el planeta en sí mismo. Incluye todos los planos y dimensiones accesibles a nuestra alma. Los lugares donde la conciencia puede viajar, sea durante su encarnación en el plano físico o sea en más allá de esa primera estación, forman parte de la Madre. En cierta manera, la Tierra-Madre tiene muchas hijas, y una de ellas es nuestra propia alma.

Pero la Hija también es Novia, y busca desesperadamente a su amado, el Espíritu. Y lo busca durante cientos de días, en cientos de estancias de los Otros Reinos, y como una forma de preparación, se va perfeccionando con cada torpeza, con cada caída. Cada vez más y más el alma se limpia de autoimportancia, como la doncella que se desprende del traje de labor y se pone sus mejores vestidos, sus mejores joyas y perfumes para esperar la llegada del novio. La princesa espera ese momento, que sabe que llegará sin duda alguna. Y mientras espera, descansa en el regazo de su madre, la Tierra, que la dejará marchar cuando vea con sus propios ojos que está preparada.

Y en uno de sus viajes, la Hija se ve sorprendida por el advenimiento de aquel al que tanto ha deseado. El amado se acerca a ella resplandeciente, montado en su caballo blanco, símbolo de las pasiones dominadas. Se celebra el Matrimonio Sagrado, y ambos se funden en un solo ser. La Madre, llena de gozo, deja a su hija partir. Ya nunca más regresará. Ahora le esperan los dominios del príncipe, los dominios del Espíritu. No habrá más reinos conocidos, ni siquiera territorios desconocidos. Sólo lo incognosciblemente luminoso. Cruzará la última puerta humana, que la conducirá a los reinos del esposo.

La Doncella ha sido hallada. El Amado ha sido encontrado. Ambos dan gracias a la Madre por haber nutrido a su Hija, por haberla criado envuelta en amor, por haberla dejado partir. La Madre permitió el milagro. En realidad, lo hace todos los días.

Cuidemos a nuestra Madre, nos va en ello el destino.

 

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